jueves, 1 de junio de 2017

LA MALDICIÓN DE LAS LETRAS


Y entonces, de repente, aparece la muerte.
Paul Auster
Ya estaba viejo cuando se hizo cargo del niño. Sus manos viejas fueron haciéndose cada vez más viejas. Era pobre, estaba enfermo y se había resignado a pasar los últimos días de su vida con la única ilusión de encontrar una comida diaria. A su casa nadie se acercaba, jamás se vio a alguien llevándole algo de comer, alguna migaja, alguna frazada vieja, nada.  La gente trataba de ignorar su existencia, a duras penas murmuraban su nombre cuando el anciano se quitaba el sombrero para saludar Si lo veían en la calle se alejaban de él.  Por eso cuando los hombres supieron que el viejo se haría cargo de su hijo tuvieron un ataque de furia o algo muy parecido. Algunos fueron a la casa del anciano a robárselo, los demás esperaron un poco más, pero al cabo de un rato fueron a la casucha a acompañar a los otros. El mundo era un lugar estéril, no crecía ni la mala hierba. Tampoco se parían niños. Todos habían perdido la esperanza de tener un hijo. La noticia del niño se difundió en minutos. Nadie ocultó los celos ni la rabia.
El anciano se sorprendió al ver los visitantes con panes debajo del brazo y ganas de conversar. Se formó una gran multitud frente al arrabal. Él agradeció cada cosa que le llevaron. Se llenaba los brazos con los panes y víveres, abría la puerta de la casucha, guardaba y salía por más. Cuando la puerta se abría todos se precipitaban sobre la espalda del viejo tratando de mirar adentro, sin éxito, porque no había señal del niño. Aunque sí se sentía un olor a infancia reciente, recóndita. Después de recibir las cosas el anciano se dispuso a hablar ―porque le gustaba hablar― y aunque la gente evadía sus charlas, él siempre tenía una historia a punto de contar. Tuvieron que escucharlo. Los sumergió en una conversación que desembocó en una fogata y luego en un vaivén de historias que cada uno fue contando para matar el tiempo.
“No había dioses en la tierra. Poca luz. Silencio. Oscuridad y frío. Turbulencia y ningún hombre. Solo mar. Piedras. No había una voz que resonara.
“No había voz
“No había voz.
“Solo sombras. Escombros. Sombras. Nada que estuviera nombrado. Alumbrado.
“No había paz. Tampoco guerra. La vida estaba en un sueño, sin brillo. Sin sabor. Sin voz. No había voz.
“Un día. Mejor, una noche. No, mejor desde la nada, estalló el volcán Puncak y los dioses fueron liberados. Hubo luz. Hubo pasos en el suelo ardiente. Hubo huellas que el ardor del nuevo mundo fue borrando. Había vida. No había voz, ni memoria, pero había vida. Hubo fuego. Hubo lluvia para apaciguar el fuego. Hubo viento para apaciguar la lluvia.
“Los dioses fueron la luz que a todas partes llegó. Fueron muchos en uno solo y uno solo en tantos, tantos. Jugaron a crear, los dioses jugaron a crear. Árboles. Nidos en los árboles. Huevos en los nidos. Árboles. Animales. Flores.
“Hubo luz. Hubo pasos en la tierra que antes fue lava ardiente. No había voz, ni memoria, pero había vida. Crearon los dioses al hombre y le dieron la palabra. Miren la palabra recreando al mundo:
“¡Tortuga! ¡Miren hombres! ¡La tortuga! existe ahora como no existió antes. (Salió la tortuga de entre el círculo de sombras y se mostró a los hobres); ¡Jirafa! ¡Miren hombres! ¡La jirafa! (Lo que parecía una rama alta y oscura cobró luz y fue el cuello de la jirafa y luego la jirafa completa dio sus pasos al frente de los hombres) ¡Perro! ¡Miren hombres al perro!”
Muy entrada la noche el viejo se levantó. No lucía cansado, ni aburrido, sino todo lo contrario, quería seguir hablando. Pero se levantó justo cuando uno de los cuentos iba en la mitad y todos estaban atrapados por la historia. Caminó sigiloso. Parecía que nadie se daría cuenta de su ausencia. Se metió suavemente en su casucha, caminó a pasos cortos, encendió una pequeña lámpara de petróleo, caminó a su cama, tomó con cuidado un pequeño bulto envuelto en una manta de algodón color celeste, suave, olorosa a polvos de niño. Desató un nudo breve y abrió el bultito. La casucha arrojó un destello que sacó a la gente de su distracción. El olor salió. Ellos reconocieron la fragancia de un niño aunque nunca antes la hubieran sentido.
En un principio quisieron robárselo, luego intentaron por las buenas: “Viejo, ¿qué hará usted con ese niño?” “déselo a la caridad” “regáleselo a una mujer que lo críe como se debe” “dénoslo anciano, usted lo dejará morir, o se morirá antes de que la pobre criatura dé sus primeros pasos”.  El viejo se negó a entregarlo, así que no tuvieron otra opción que matarlo. No hubo, sin embargo, un asesino voluntario. Ellos esperaron hasta la medianoche, cuando la oscuridad no dejaba ver las caras. A esa hora lo sacaron. Él ya sabía que lo iban a matar, así que puso el niño con cuidado en la parte más suave de su cama de cartón y caminó con ellos. Lo quemaron vivo en la misma hoguera que él encendió para recibirlos.
El niño no lloró hasta que el anciano estuvo muerto. El viento no se llevó las cenizas.
Cuando el estorbo estuvo resuelto apareció el problema de quién se llevaría al niño. Para no despedazarlo llegaron al acuerdo de que sería una mujer que tendría que ir casa por casa a lo largo del mundo turnándole a los hombres la paternidad. Discutieron las candidatas a gritos porque el llanto del niño ya no dejaba escuchar las palabras. El nombre de la mujer apareció después de horas, ya cuando amanecía. La mujer caminó hasta el bultito, lo abrió, observó el bebé y sonrió. El bebé era un bebé tal como decía la gente. Ahí estaba justo en sus brazos, inocente, indefenso, cálido y ensordecedor. Terriblemente ensordecedor, inmune a los arrullos y a todo intento por calmarlo. Después de unos minutos la mujer se rindió y se lo pasó a la que era la segunda madre. Ésta aguantó un poco más y después de algunas horas se lo pasó a la tercera, y ésta a la que seguía. Así fue pasando de mano en mano hasta que todas las mujeres alzaron al niño y sucumbieron al llanto. Fueron varios días en los que el niño no comió, solo lloró.
La gente sintió el rigor del insomnio y en medio del ruido fueron condenados al silencio y a otras tantas contradicciones, porque de nada servía hablar, gritar… nadie escuchaba. La nueva solución fue matarlo. Encendieron la misma hoguera y sobre las cenizas del viejo arrojaron el cuerpo del niño, con todo y frazada. Se fue consumiendo lentamente hasta que hizo silencio.
Hubo una felicidad gélida, silenciosa. Durmieron por días. La historia se detuvo porque no hubo alguien que se diera cuenta de ella, tan solo hubo un sueño. Esos fueron días oscuros. Cuando despertaron, casi todos al tiempo, allí estaban, en su casucha, el anciano y el niño, ajenos. Nadie se acercó, pero miraban al viejo caminar en torno a su arrabal de cartón, embelleciendo el jardín.
Al viejo le gustaba poner al niño en la entrada porque desde ahí los dos se daban cuenta del otro: el niño con un silencio húmedo de sonrisas y el viejo con morisquetas ridículas para prolongarle la felicidad. Vivieron un tiempo de las cosas que la gente les había llevado. Hasta que llegó el día que temían todos, el día que esperaban todos: ya no hubo comida.
La enfermedad hacía que levantarse de la cama fuera difícil. El dolor en sus pies le impedía caminar. Su trabajo de joven fue amansar unicornios, pero los unicornios ya no existían y los caballos resultaban muy salvajes. Aun así, el viejo puso frente a la casa un aviso con letras torpes y mal dibujadas: “se doman caballos”.
Los caballos se hicieron presentes frente a la casa de cartón. Al principio el viejo los montó con cierta habilidad, pero fue perdiendo la fuerza, sintiendo la muerte más cerca. La muerte soplaba a mitad de la noche. Era un silbido seco que atemorizaba los caballos puestos en círculo alrededor de la casa. La muerte no lograría llevarse al anciano, él envejecería cada vez más sin entregarse a la muerte mientras los caballos estuvieran amarrados uno al lado del otro alrededor de la casa. Un solo caballo parado en la puerta bastaría para detenerla.
El niño aprovechó para crecer. Una mañana en sus plegarias el viejo pidió escuchar a su hijo diciéndole “papá”. Quiso no morir antes de escucharse padre. De saberse padre. Amaneció, el viejo salió a montar sus caballos. La muerte también se levantó del lugar donde tenía que dormir. ¡Qué malos días pasó la muerte esperando! El niño aplaudió la poca agilidad de su padre para subirse al caballo, se veía bien montado  a pesar del sufrimiento. Entonces lo dijo: ¡papá! La palabra salió de la boca como un pájaro, se repitió, hizo eco en las montañas, allí encontró un nido. Las aves se espantaron, aparecieron las olas oceánicas y la reprodujeron a lo largo del mundo. La gente volteó a mirar. Ellos olvidaron el insomnio, quisieron robarse al niño,  no faltó el que propuso matar al viejo.
Los primeros pasos. Daba gusto ver sus primeros pasos. Los últimos pasos. Era triste ver sus últimos pasos. El niño aprendió a caminar. El viejo ya no pudo, se arrastraba hasta los caballos para montarlos.
Los hombres seguían odiando al anciano por tener un hijo. Se reunieron, crearon un plan para matarlo de tal forma que el niño ya no pudiera llorar. Al fin hallaron el plan perfecto. Una anciana se ofreció en el plan malévolo. Al día siguiente lo ejecutó. Mientras el anciano montaba un caballo, ella llamó la atención del niño y estando cerca le enseñó a escribir. Después, cada día, la gente arrojó papeles dentro del círculo de caballos. El niño no aguantó la tentación de escribir en ellos. Cuando el viejo se dio cuenta celebró por lo alto: su hijo sabía escribir. ¡Qué milagro! Pasó tardes completas leyendo las historias escritas por el niño, historias que el viejo le contaba. Leer las historias era ver los grafos, los símbolos que él nunca pudo entender porque era el lenguaje de la furia. Pero el hijo le leía los cuentos y para el anciano escuchar sus historias traducidos al lenguaje de la poesía era una bendición de Dios.
El viejo era feliz. La anciana maestra de palabras les decía a los otros: “esperen, tengan paciencia, la maldición de las letras es lenta, pero eficaz.” Y a fe que sí. Había que ver cómo eran de salvajes los caballos, cada vez más, y el viejo más débil, mientras el niño en su pequeño universo iba volviéndose un escritor.
Cuando la anciana salió a las calles pregonando el gran día los otros dejaron de hacer lo que hacían. Algunos fabricaban llaves, otros construían escaleras, los demás se dedicaban a dormir. Todos fijaron su vista hacia la casa de cartón.
El niño caminó hasta su padre. Él estaba encendiendo el fuego para cocinar lo que vendría siendo una sopa. “Quiero salir a conocer el mundo.” El viejo siguió remando en el océano de brasas y no volteó a mirar al hijo hasta que el llanto se detuvo. Le llenó la maleta de panes, azúcar, sal y ropa. El viejo se quedó con unas cuantas cosas. Hasta la lámpara de petróleo tuvo lugar en la maleta del niño. Partió al atardecer, dijo que volvería al otro día.
Pero no volvió. Pasó un día. Y otro día.
Y otro.
El anciano sintió el silencio, ya no tuvo la fuerza que le daba la sonrisa del hijo. Ya no tuvo el aliento, no volvió a montar los caballos. Los caballos se fueron yendo uno por uno. El círculo se fue haciendo más pequeño, cada vez más. Pasó un año. Y otro año.
Y otro.
El hambre fue terrible, pero fue peor la soledad.
Cuando el niño escribió esta historia el último caballo se marchó. La muerte abrió la puerta y el anciano se fue con ella. Cuando el muchacho regresó encontró solo un recuerdo y ya no pudo llorar, ya no era un niño. La gente fue feliz entonces.


martes, 2 de agosto de 2016

ARRAIGO O EL DIBUJO DE TUS PASOS


Me he hecho más frágil, me he hecho más triste,
me he hecho más temeroso, me he hecho más escéptico,
me he hecho más viejo. Éste es el único camino
que he recorrido hasta aquí.
Marcos Giralt Torrente

Pongo un pie en Guaduas y siento que no me he ido de aquí nunca. Siento que no ha pasado el tiempo, que acabo de enterrar a mi padre y que si voy al cementerio aún está el montículo de tierra sobre la tumba. Incluso miro mis pantalones y me parece ver en mis rodillas las manchas de tierra que quedaron después de postrarme al lado del ataúd. Pero ya han sido nueves meses los que he estado lejos de Guaduas y los que he estado sin él. Ya bajó la tierra. Mi ropa no está sucia pero en mis rodillas llevo el dolor como una herida porque aunque esté de pie estoy de rodillas, aunque camine estoy de rodillas, aunque salte, corra, me siente, me libere, me levante de nuevo y avance imponente entre la gente… yo estoy de rodillas.
Preferí llegar de noche. Al llegar tarde me invade la sensación de que él está por ahí en algún rincón del pueblo en los lugares que solía frecuentar y que si camino en las calles de repente puedo encontrarlo. En la oscuridad puedo hacer un pequeño recorrido, que aunque pequeño, es suficiente para recorrer el pueblo y hacer un dibujo de sus pasos. Algo de su vida ha quedado en cada lugar y yo pongo mis pies sobre sus huellas.
Dejo mis maletas en el hotel donde me hospedo siempre. La dueña del hotel es ya una amiga de confianza y sabe que me gustan las habitaciones con balcón, que me deprimen las que no tienen ventana, que soplo el tinto cuando está muy caliente, que me quedo viendo los pájaros que llegan en la mañana y que son ellos los que me despiertan, sabe que soy noctámbulo, que estaré en la calle hasta las once de la noche, que estaré despierto hasta las dos de la mañana y sabe que esta vez he venido a Guaduas a escribir.  Me cuenta cómo ha estado el pueblo, la larga sequía y la corta temporada de lluvias y me habla de otras cosas mientras me lleva al cuarto que me gusta, uno que da a la calle. Y sabe que no me gustan las conversaciones protocolarias así que cierra la puerta y me deja en el cuarto. Salgo al balcón, me siento a respirar el aire del pueblo, que es fresco sin ser frío y que huele a árboles cercanos. Me siento en una silla que siempre ha estado en ese balcón y desde ahí veo la catedral. Hay silencio en esta parte del pueblo. Espero un rato para bajar al parque.

***

Es grande la colección de cosas que me quedó de él. Cada una se abre en mi cabeza como una cajita de música que al ser tocada se despierta como un armadillo y rueda, es decir, suena. Lo que me lleva a pensar que por medio de cosas mi padre me heredó sonidos e imágenes, y era de esperarse que fuera así, porque esa fue su manera de interactuar con el mundo y la forma en que edificó su relación conmigo. Eso es un cuento: Una palabra y una imagen, el sonido de una imagen. Palabras. Sonido. Música. Ritmo. Tono. Imagen. Acción. Las cosas (los objetos que me quedaron) traen eso: música e imagen. Las cosas vienen acompañadas de un cuento que he logrado memorizar e imágenes de lo que significó ese objeto en algún momento de nuestras vidas.
Mientras camino hacia el parque pienso que mi percepción de lugares y mi noción del espacio son también una cosa. Cada lugar en Guaduas me evoca una imagen del pasado de la misma forma que las cosas que guardo y esa imagen viene acompañada de palabras. En mi Museo Personal no solo hay objetos que se visten con una historia sino también lugares que causan el mismo efecto: son detonantes. La memoria aquí se dispara. Y es fácil recordar la primera vez que visité este lugar, cuando tenía ocho años y aún jugaba con carritos. Había árboles en el parque en ese tiempo, una ceiba gigantesca se erguía en el centro y en ella vivían ardillas y loros; en los árboles más pequeños y frondosos todas las tardes se podían ver las bandadas de pericos que llegaban a sus nidos y en otros árboles se encontraban canarios y micos. Era un parque muy fresco frecuentado en su mayoría por ancianos que venían a buscar la frescura de la sombra en las tardes calurosas, a tomar avena, a jugar parqués y tute, a leer el periódico y a contar cuentos. Mientras mi padre socializaba con ellos yo jugaba con mis carritos en los muros de los jardines y con los niños desconocidos que se me acercaban, romerías de niños se formaban para jugar a las escondidas o yermis junto a la estatua de  Policarpa Salavarrieta y todos eran amigos de todos sin conocerse. Al volver junto a mi padre me sentaba a su lado y escuchaba sus charlas sosegadas viendo las cartas de la baraja en su mano. Recuerdo que por esos días charlaban del asesinato de Jaime Garzón. Si matan a alguien como él que se puede esperar de uno como nosotros, dijo un anciano y esa frase quedó viva en mi cabeza para siempre.
Con los años el parque dejó de ser de los ancianos y pasó a ser de los jóvenes. Seguramente los niños que jugaban conmigo se apoderaron del espacio pero ya con otras costumbres y entonces se volvió un lugar más fiestero, más juvenil, más propicio para la música, el baile y el frenesí. En una remodelación ordenada por una alcaldesa se talaron todos los árboles y se construyó un nuevo parque menos poblado de vegetación, por supuesto insoportablemente caluroso de día, pero propicio para el deleite en la noche. Nunca se volvieron a ver las ardillas, ni los loros, ni los micos, ni los pájaros y los viejos se fueron a pasar la tarde a un café que queda en una de las esquinas y otros a las cantinas decadentes que circundan a unas cuantas calles. Ahora es un parque más parecido a la antigua plaza que había en los tiempos de La Pola y por su austeridad y vacío le entregó una visión sobresaliente a la iglesia al no haber nada que se interponga entre ella y los visitantes.

En este parque recibíamos el año nuevo. Veníamos a la misa de 11:00 pm y al salir de la iglesia veíamos los juegos pirotécnicos. Aquí nos tomaron la última foto. Salimos él y yo abrazados uno al lado del otro, al fondo la catedral y la bizcochería El Néctar, los dos sonreímos y justo en ese momento una paloma alza vuelo, parece la vida que se le va. 


continuará...

Tomado del libro Museo Personal. 

miércoles, 3 de febrero de 2016

UNA TARDE DE SOLEDAD EN GUADUAS

Y entonces uno recurre a los manuales para olvidar, digamos...
caminar por la calle de La Pola sin rumbo fijo,
hablarle a gente desconocida,
sonreírles a quienes van y vienen,
aunque la risa está de más,
fingida como los pasos.

Tomarse un tinto en el Café Real
viendo jugar billar a esos ancianos
que hablan con la precisión de sus tacadas;
escuchar el desaliento de los becerros
en los corrales de la plaza de ferias
y el relincho de los caballos desde las pesebreras oscuras.

 Y recorro lugares que antes tuvieron otro color,
sonaban diferente, olían diferente.
 Aquí vivieron. Aquí sonrieron. Aquí jugaron.
Ver morir la tarde en la piedra Capira
y recordar cómo caía el sol sobre tus ojos.
Sentarse en el atrio de la iglesia
a sentir la frescura de la noche y el viento
y verte pasar sin que seas tú
y oír tu risa en cada risa.

 Toma nota de mi tristeza, ahora.
 Miedo a las alturas, a la oscuridad y a la soledad.



ARRULLO

Tuve miedo
(el miedo de un niño antes de fumar,
el del debutante al cobrar el penalti)
cuando descubrí que en ti podía dormir.
Y te miré a los ojos, antes del sueño
mi cabeza puesta sobre tu abdomen
como quien pone el oído en el asfalto
para saber quién viene
oyendo el contrasentido de tu respiración:
-¿Por qué me miras así?
Preguntaste desde la lejanía
puesto tu rostro en el horizonte
detrás del caos de tus costillas
atrás del ámbito de tu pecho
después del abismo de tu cuello...
desde allá
viéndome como Dios.
-Si te lo digo cerrarás mis ojos.
Y es miedo lo que se siente
cuando pasas tus manos sobre mi pelo
una y otra vez pero no de la misma forma,
y vas
con la paciencia de quien despluma un poema
dibujando mi sueño.
-Miedo de amarte y que no me ames.
No es tanto el amor como el miedo
lo que hace que los amantes no se dejen.

Tomado del poemario: El fútbol nunca es inocente. 

viernes, 9 de octubre de 2015

DE FRENTE AL SILENCIO



Que tu voz sea mi voz ahora
que tus pasos sean mis pasos
y en cada lugar que habite
a cada rostro que vea
en las palabras que diga
en las manos que toque
vaya tu memoria prendida.

Serás mi voz. Mi aliento.
El primer resplandor de mis mañanas.
Tu apacible rostro podré verlo
en la mirada gris de los potros pequeños
tus carcajadas más sinceras
las escucharé en el canto de los pájaros de Guaduas al amanecer,
en el berrido de los becerros al fondo de los corrales
y tu fragancia será esa que tiene la sombra de los tutumos
donde nos sentábamos a ver caer el atardecer sobre el río Magdalena.

Estuvo, en cada día de mi vida, tu voz como un faro
y seguirá sonando en mi corazón para siempre.
Yo honraré tu nombre y dibujaré tu sonrisa en cada cosa que haga.

Hoy han venido tus amigos, todos traen buenos recuerdos,
y me han ayudado a despedirte de la mejor manera.
Con cada sonrisa al recordarte me hacen sentir:
“Qué maravilloso padre tuve”

Ve en paz mi amigo, mi fuerza, mi aliento.
Ve con Dios mi vida.


viernes, 19 de diciembre de 2014

Libro de cuentos.

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               andoscol@hotmail.com
$22.000

martes, 7 de enero de 2014

SUELO DE CANGREJOS

En el nuestro no había luz eléctrica como en otros caseríos. Cuando caía la noche los hombres caminábamos con cuidado, en una mano la lámpara de petróleo y en la otra  un palo para espantar los cangrejos; ora un paso en tierra firme, ora un paso en un cangrejo. Era una alfombra de tenazas que se formaba en los días de lluvia. Nadie sabía de dónde aparecían los cangrejos. Después, cuando llegaba el verano, teníamos que sacarle el agua al rocío y de los cangrejos solo nos quedaban las pieles, como hojas secas.

Al amanecer escuchábamos el paso de las mulas con cargas de panela. Nunca supimos de dónde venían ni a dónde iban. En invierno las mulas se abrían paso en los barrizales y el lodo les llegaba hasta el cuello. En verano las mulas pasaban siempre empapadas de sudor tomando el aire con bocanadas profundas que les dilataban al extremo los ollares y las venas de las paletas. En invierno escuchábamos el croar de un universo de ranas debajo de las casas; en verano el paso de las horas era un coro de chicharras estallando de calor en la cepa de los árboles. Todo era tranquilo.

Un día pasaron ellos. Iban tan sedientos que nos robaron el agua: inclinaron las hojas de las matas de plátano y el chorro les cayó en la cara. Sentimos sed de solo ver el agua perdiéndose en sus bocas negras, negras, sus bocas negras. El suelo se manchó de rojo con el agua-sangre que bajó de sus cuerpos. Iban intranquilos y afanados. Los cascarones de cangrejo quedaron hechos polvo fino con el peso de sus botas. Las huellas que dejaron iban destiñéndose hasta que ya nadie supo a dónde se fueron ni por dónde cogieron. Nunca supimos de dónde venían. Ellos iban huyendo. Supimos que no debíamos hablar de ellos y por nada del mundo debíamos escribir acerca de sus rostros, de esa forma no existirían y su paso por nuestro pueblo sería solamente un recuerdo vago y oscuro.

Pero al otro día llegaron los otros. Empezaron por los niños, siguieron con las mujeres y al final nos mataron a nosotros, porque teníamos que estar vivos para ver cómo iban muriendo los nuestros. Hasta el último momento les juramos que no supimos a dónde habían ido. De verdad que no lo supimos. Hasta el último momento les juramos que nunca habíamos hablado de ellos y que nunca habíamos escrito nada que los mencionara. Pero ellos no nos creyeron, nos culparon porque aquellos hombres seguían vivos y existían y tenían el destino luminoso. 

Antes de morir vi pedacitos de tenazas de cangrejo, armazones secos que se salvaron del tropel de botas guerreras, y vi cómo la sangre de nuestros cuerpos encontraba refugio en los cascarones secos del verano. 

Del libro: Los días Oscuros. 
Jorge Andrés Acevedo.
FOTO: Masacre en Colombia. Fernado Botero.