jueves, 25 de octubre de 2012

ORACIÓN A LA LLUVIA


A: Fernando Soto Aparicio


Afuera el mundo nos llama. Desde afuera nos grita “rebeldes”, nos declara desprotegidos; se sienta a esperar nuestro regreso, como si fuéramos a volver algún día.

Afuera preguntan: ¿Dónde están? ¿Qué hacen? ¿Cuánto tiempo les durará la gloria?

Afuera llueve.

Si salimos a caminar nos rodean, ponen otro camino delante de nuestros pasos. Ponen sombras. Los hombres del mundo de hoy dibujan sombras sobre la ruta que decidimos seguir. Gritan. Muestran sus heridas mientras vamos caminando. Reclaman nuestra piedad. Dicen que tienen derecho a sentir nuestras caricias. Se disfrazan de dioses para que recobremos la fe. Quieren ser la oscuridad para nuestros ojos que solo ven donde no llega la luz.

Afuera llueve.

Afuera pasan cosas que el mundo no ve. Cosas que no existen si no las nombran nuestros labios. Cosas que se olvidan a menos que nuestros dedos decidan reconstruirlas. No es el olvido parte de nuestro lenguaje. Nadie pasa delante de nosotros como si nada. A nadie dejamos ir sin ser condenado a recordarnos. Afuera quieren arrebatarnos el derecho a recordar.

Somos los seres que no viven el invierno. Afuera llueve pero no llegan los relámpagos a nuestros oídos, ningún trueno registra la retina. No hay frío para la piel.

Resistimos. Es muy brillante la oscuridad que habitamos. Perfectos acordes juegan a hacer eco en el silencio que construimos con pedacitos de pestañas. Alguna gota de sudor nos sirve para calmar la sed. Destruimos el hambre con la saliva de otro.

Mientras llueve recomponemos el desencanto. Pequeños seres nos invitan a marchar en sus calles congestionadas. La belleza de sus cuerpos quisiera hablarnos. En susurro nos grita. Pero no escuchamos. Y si escuchamos jamás obedecemos. Jamás seguiremos la senda de no soñar.

Resistimos.

Afuera anuncian males para nuestros cuerpos. La brisa los despoja de la rabia, los pone de rodillas ante el sonido de la voz; tal vez los consuela un poco saber que somos tristes, lo que componen nuestras manos lleva el ritmo de la soledad, nacimos con el idioma de los desencantados, el sino de la desolación nos rige.

Mientras llueve la piel nos duele. Mientras llueve el alma nos pregunta por qué no existe el amor para nosotros. No faltará quien nos pregunte si elegimos este destino o nacimos con él.

Las primeras páginas que leímos resuenan en nuestra cabeza y lo harán para siempre. Les tengo una buena noticia: el primer libro que leímos impondrá su sonido en nuestros laberintos, será su música lo que imponga el ritmo de nuestro corazón de poetas. No escucharemos la ciudad ni a sus hombres.

Mientras llueve resistiremos a un mundo que intenta obligarnos a no soñar, a no creer. Llevaremos a cuestas un placer doloroso.

Agradecemos a Dios la dulce condena de escribir hasta que la muerte —a la que ya le habremos escrito mucho— venga por nosotros.

(Texto leído en el homenaje de Fuerza de la palabra a Fernando Soto Aparicio)


martes, 7 de febrero de 2012

DIATRIBA CONTRA MI ARTE POÉTICA

Hoy no le huyo a los lugares comunes, no me preocupa la reiteración de un ritmo, tampoco busco imágenes melancólicas, ni polifonías, ni armonías, ni significados diversos. No.
Hoy no reinterpreto mitos, no escondo frases ajenas en las mías. No.
No soy irónico, ni paradójico, ni satírico. Ni siquiera tengo buen humor. No renuevo imágenes de la infancia, ni reconstruyo la musicalidad de los niños. Tampoco escribo una pieza que haga parte de un hilo conductor. No.
Hoy no trato de ponerle colores tristes a las emociones ―que ya de por sí son bien oscuras y más con el panorama gris de la ventana―.
Hoy ni siquiera susurro en la ventana, ni me paro junto al vidrio a ver cómo sufren allá, cómo mueren allá, cómo no te tienen.
Hoy no es día para jugar con palabras, para sentir placer por lo recién escrito, para sonreír; no; hoy no es día para releerme y decir soy bueno, soy muy bueno. No.
Porque no lo soy, porque todo lo que sé no sirve. Porque no me escuchas, y si me escuchas no me entiendes, y si tal vez… tal vez me entiendas, te reirás, como ya lo hiciste, y todo te será inútil, extraño y para mí mucho más, mucho más… porque son horas, días, noches, tardes de lluvia, atascos del tránsito, filas en los bancos, clases aburridas, películas de acción en cines fríos, cenas familiares monotemáticas, mañanas soleadas, madrugadas de insomnio, especiales de History Channel, visitas a Facebook, a Twitter, a Hotmail, a Google, a Wikipedia, al Tiempo, al Espectador, a la revista Semana, a Arcadia; más lecturas de libros, malos y buenos, y raros, y tontos, recitales poéticos, festivales, carnavales, conciertos, y horas, y minutos, y segundos incontables y otra vez horas, días, semanas, y ya casi años en que como ahora, en este instante, he tratado de encontrar la forma de conmoverte. Pero me lees y con tus ojos me explicas que nada sirve.
Hoy no es día para leerle a un mircrófono que difundirá mi voz a miles, menos a ti.
A veces la gente dice que escribo para el aplauso, pero no, no. Escribo para ti que me desechas, que ni siquiera tienes ganas de leerme. El aplauso de los otros es solo un consuelo que a veces, a veces de poco sirve porque es como si gritaran "no pudiste" "no pudiste" "sus oídos en otro lado esuchan lo que quieren" "pero no importa, no importa, nosotros te acompañámos en tu duelo".
Hoy solo extraño tus ojos que no me entienden, solo busco tu voz que me lee y se cansa. Hoy sufro el silencio del corazón, que es el verdadero silencio. Hoy odio lo que hago.

domingo, 15 de enero de 2012

EL BUJÍO (Fragmento de la devoción del destierro)


Dicen que mi nombre es Primitivo, que soy de las tierras planas del sur y que tenía veinte años cuando perdí la vida. Eso dicen.
Algunos dicen que fue una de esas noches de truenos y de lluvias temibles, otros solo dicen que fue una noche fría.
Cuentan que llegué perdido a una selva lejana donde ya no se escuchaba el canto de los gallos. ¿Conocen ustedes las montañas donde viven los mitos? Esas eran las montañas que recorría esa noche cabalgando en mi mula cansada. Mi mula vieja y cansada.
Iba yo asustado, eso dicen, y de pronto en medio de la oscuridad encontré el bujío, pájaro maldito, pequeño y negro que me llevó obligado a las puertas del infierno. Dicen que bajé de la mula, que los ojos del bujío brillaron como luciérnagas y lo tomé de las alas. Dicen que no buscó escapar y aunque la noche era su hora, ahí estuvo, esperándome, al margen del camino.
Son muchos los que cuentan y la versión no es la misma. Unos dicen que la mula recibió al bujío con la alegría de una hermana que encuentra a otro hijo del demonio. Otros dicen que la mula trataba de soltarse para huir entre los guaduales que en la oscuridad y con el brillo de los rayos parecían infinitos. Lo cierto es que al subirme de nuevo, con el pájaro en las manos, le recordé con las espuelas que el camino era largo, no sabíamos a dónde nos llevaba, pero era largo, largo y oscuro y maligno.
Al galope me fui perdiendo más y más, sin pistas ni señales, entre guaduas que se extendían como huesos hacia el cielo. Desde lejos llegaba el resplandor de los relámpagos marcándonos el camino y dibujando sombras en medio del bosque: brazos y uñas extendiéndose hasta mi boca, metiéndose con su filo entre mis temores. También se veía el brillo incandescente de miles de ojos rojos y blancos apuntando a mi garganta, escondidos en la nada, evidenciados por sus ansias de mi carne y mi alma.
La gente dice que me bajé de la mula al llegar a un arroyo, con el bujío en brazos y alumbrando con una linterna que mucho tiempo después fue el único vestigio sucio y maltratado de mi suerte. La mula y la silla se perdieron.
Se dice que yo caminé hasta el arroyo, que ya era la hora maldita y el bujío empezó a cantar. Entonces el arroyo se convirtió en un río de sangre, que se iba tiñendo entre más cantaba esa ave negra. Con sus lamentos despertaba la oscuridad y sus bestias.
Tomé el bujío —dicen— y lo desplumé. Quería silenciarlo pero antes tuve un enorme deseo de infringirle dolor, el más agudo dolor. Entonces le quité las plumas, vivo y despierto sobre el agua, que se fue bebiendo las plumas menos una: la pluma de la suerte.
Una pluma negra que tomó camino río arriba, se enfrentó a la corriente y la venció. Corrí tras ella, pues conocía la leyenda: “aquél que encuentre la pluma en el bujío, tendrá sus sueños cumplidos, y lo que pida, le será concedido. Pero antes tiene que huir del demonio, que saldrá a buscarlo enfurecido, apenas saque la pluma del río”.
Y tomé la pluma. El bosque se abrió. Las llamas, el suelo ardiente, el azufre y todo lo que uno lleva en la cabeza fueron falsos. Yo solo escuché las herraduras de un caballo que se dibujaba negro entre los árboles, y con la luz de los relámpagos aparecía allí y aquí.
Desde entonces, soy una historia que se esparce con el viento, y que en noches como esta se desnuda en las fogatas, y en el abrigo de las gentes que se cuentan sus historias busca un poco de la vida que ha perdido. Eso dicen. Yo aún no lo creo.