Hoy no le huyo a los lugares comunes, no me preocupa la reiteración de un ritmo, tampoco busco imágenes melancólicas, ni polifonías, ni armonías, ni significados diversos. No.
Hoy no reinterpreto mitos, no escondo frases ajenas en las mías. No.
No soy irónico, ni paradójico, ni satírico. Ni siquiera tengo buen humor. No renuevo imágenes de la infancia, ni reconstruyo la musicalidad de los niños. Tampoco escribo una pieza que haga parte de un hilo conductor. No.
Hoy no trato de ponerle colores tristes a las emociones ―que ya de por sí son bien oscuras y más con el panorama gris de la ventana―.
Hoy ni siquiera susurro en la ventana, ni me paro junto al vidrio a ver cómo sufren allá, cómo mueren allá, cómo no te tienen.
Hoy no es día para jugar con palabras, para sentir placer por lo recién escrito, para sonreír; no; hoy no es día para releerme y decir soy bueno, soy muy bueno. No.
Porque no lo soy, porque todo lo que sé no sirve. Porque no me escuchas, y si me escuchas no me entiendes, y si tal vez… tal vez me entiendas, te reirás, como ya lo hiciste, y todo te será inútil, extraño y para mí mucho más, mucho más… porque son horas, días, noches, tardes de lluvia, atascos del tránsito, filas en los bancos, clases aburridas, películas de acción en cines fríos, cenas familiares monotemáticas, mañanas soleadas, madrugadas de insomnio, especiales de History Channel, visitas a Facebook, a Twitter, a Hotmail, a Google, a Wikipedia, al Tiempo, al Espectador, a la revista Semana, a Arcadia; más lecturas de libros, malos y buenos, y raros, y tontos, recitales poéticos, festivales, carnavales, conciertos, y horas, y minutos, y segundos incontables y otra vez horas, días, semanas, y ya casi años en que como ahora, en este instante, he tratado de encontrar la forma de conmoverte. Pero me lees y con tus ojos me explicas que nada sirve.
Hoy no es día para leerle a un mircrófono que difundirá mi voz a miles, menos a ti.
A veces la gente dice que escribo para el aplauso, pero no, no. Escribo para ti que me desechas, que ni siquiera tienes ganas de leerme. El aplauso de los otros es solo un consuelo que a veces, a veces de poco sirve porque es como si gritaran "no pudiste" "no pudiste" "sus oídos en otro lado esuchan lo que quieren" "pero no importa, no importa, nosotros te acompañámos en tu duelo".
Hoy solo extraño tus ojos que no me entienden, solo busco tu voz que me lee y se cansa. Hoy sufro el silencio del corazón, que es el verdadero silencio. Hoy odio lo que hago.
martes, 7 de febrero de 2012
domingo, 15 de enero de 2012
EL BUJÍO (Fragmento de la devoción del destierro)
Dicen que mi nombre es Primitivo, que soy de las tierras planas del sur y que tenía veinte años cuando perdí la vida. Eso dicen.
Algunos dicen que fue una de esas noches de truenos y de lluvias temibles, otros solo dicen que fue una noche fría.
Cuentan que llegué perdido a una selva lejana donde ya no se escuchaba el canto de los gallos. ¿Conocen ustedes las montañas donde viven los mitos? Esas eran las montañas que recorría esa noche cabalgando en mi mula cansada. Mi mula vieja y cansada.
Iba yo asustado, eso dicen, y de pronto en medio de la oscuridad encontré el bujío, pájaro maldito, pequeño y negro que me llevó obligado a las puertas del infierno. Dicen que bajé de la mula, que los ojos del bujío brillaron como luciérnagas y lo tomé de las alas. Dicen que no buscó escapar y aunque la noche era su hora, ahí estuvo, esperándome, al margen del camino.
Son muchos los que cuentan y la versión no es la misma. Unos dicen que la mula recibió al bujío con la alegría de una hermana que encuentra a otro hijo del demonio. Otros dicen que la mula trataba de soltarse para huir entre los guaduales que en la oscuridad y con el brillo de los rayos parecían infinitos. Lo cierto es que al subirme de nuevo, con el pájaro en las manos, le recordé con las espuelas que el camino era largo, no sabíamos a dónde nos llevaba, pero era largo, largo y oscuro y maligno.
Al galope me fui perdiendo más y más, sin pistas ni señales, entre guaduas que se extendían como huesos hacia el cielo. Desde lejos llegaba el resplandor de los relámpagos marcándonos el camino y dibujando sombras en medio del bosque: brazos y uñas extendiéndose hasta mi boca, metiéndose con su filo entre mis temores. También se veía el brillo incandescente de miles de ojos rojos y blancos apuntando a mi garganta, escondidos en la nada, evidenciados por sus ansias de mi carne y mi alma.
La gente dice que me bajé de la mula al llegar a un arroyo, con el bujío en brazos y alumbrando con una linterna que mucho tiempo después fue el único vestigio sucio y maltratado de mi suerte. La mula y la silla se perdieron.
Se dice que yo caminé hasta el arroyo, que ya era la hora maldita y el bujío empezó a cantar. Entonces el arroyo se convirtió en un río de sangre, que se iba tiñendo entre más cantaba esa ave negra. Con sus lamentos despertaba la oscuridad y sus bestias.
Tomé el bujío —dicen— y lo desplumé. Quería silenciarlo pero antes tuve un enorme deseo de infringirle dolor, el más agudo dolor. Entonces le quité las plumas, vivo y despierto sobre el agua, que se fue bebiendo las plumas menos una: la pluma de la suerte.
Una pluma negra que tomó camino río arriba, se enfrentó a la corriente y la venció. Corrí tras ella, pues conocía la leyenda: “aquél que encuentre la pluma en el bujío, tendrá sus sueños cumplidos, y lo que pida, le será concedido. Pero antes tiene que huir del demonio, que saldrá a buscarlo enfurecido, apenas saque la pluma del río”.
Y tomé la pluma. El bosque se abrió. Las llamas, el suelo ardiente, el azufre y todo lo que uno lleva en la cabeza fueron falsos. Yo solo escuché las herraduras de un caballo que se dibujaba negro entre los árboles, y con la luz de los relámpagos aparecía allí y aquí.
Desde entonces, soy una historia que se esparce con el viento, y que en noches como esta se desnuda en las fogatas, y en el abrigo de las gentes que se cuentan sus historias busca un poco de la vida que ha perdido. Eso dicen. Yo aún no lo creo.
lunes, 4 de julio de 2011
ESTÁNDAR PARA UNA MOSCA
Una mosca es negra, pero cuando se pone al sol es fácil encontrar toda una gama de colores sobre sus alas. Una mosca tiene alas. Tiene dos alas que se mueven adelante y atrás y por eso la mosca puede cambiar de dirección cada vez que lo necesite. La mosca (déjame ver) tiene seis patas. Tiene seis patas que utiliza para caminar y dar saltos, y unos ojos grandes. Dos ojos grandes de color rojo oscuro que nunca parpadean y que son periféricos.
La mosca tiene un vuelo silencioso, excepto las que son muy grandes, las que zumban en las casas.
Es fácil descubrir una mosca: son negras y casi todas las paredes son blancas. Sería diferente la vida para una mosca si la gente pintara sus paredes de negro.
Una mosca no necesita reproducirse. La continuidad de su especie no depende de una sola mosca. No necesita parir otro millar de moscas para que existan las moscas. Tampoco necesita comer, pero come. No necesita beber, pero bebe. ¿Beben las moscas? Sí, las moscas beben, y excretan, no necesitan excretar pero lo hacen; una mosca respira, vuela, camina, salta, se para sobre una mano, evita el golpe de la otra mano, evita el periódico que se viene sobre ella, el matamoscas que hace temblar el mundo, y escapa. No necesita escapar pero lo hace. Esa es su existencia y la disfruta.
Para los otros seres del planeta la vida de la mosca es insignificante y sus actos no tienen ningún valor. Como hay tantas moscas ninguna es especial y todas tienen el mismo precio.
Para una mosca su vida es la de una mosca. Eso la convierte en el único ser importante sobre la faz de la tierra. El mayor e indispensable.
Una mosca siempre será una mosca.
La mosca tiene un vuelo silencioso, excepto las que son muy grandes, las que zumban en las casas.
Es fácil descubrir una mosca: son negras y casi todas las paredes son blancas. Sería diferente la vida para una mosca si la gente pintara sus paredes de negro.
Una mosca no necesita reproducirse. La continuidad de su especie no depende de una sola mosca. No necesita parir otro millar de moscas para que existan las moscas. Tampoco necesita comer, pero come. No necesita beber, pero bebe. ¿Beben las moscas? Sí, las moscas beben, y excretan, no necesitan excretar pero lo hacen; una mosca respira, vuela, camina, salta, se para sobre una mano, evita el golpe de la otra mano, evita el periódico que se viene sobre ella, el matamoscas que hace temblar el mundo, y escapa. No necesita escapar pero lo hace. Esa es su existencia y la disfruta.
Para los otros seres del planeta la vida de la mosca es insignificante y sus actos no tienen ningún valor. Como hay tantas moscas ninguna es especial y todas tienen el mismo precio.
Para una mosca su vida es la de una mosca. Eso la convierte en el único ser importante sobre la faz de la tierra. El mayor e indispensable.
Una mosca siempre será una mosca.
viernes, 10 de junio de 2011
CUENTO FINALISTA DEL PREMIO HEMINGWAY. (Fragmento de La devoción del destierro)
Cuando alguien muere uno no sabe qué recuerdo escoger. Solo queda la opción de llevar su rostro pálido sin vida en la memoria, o su sonrisa llena de vida guardada en el bolsillo. Cuando alguien muere queda una imagen reinando, las otras vienen detrás y se van muriendo con el tiempo, sólo nos queda una.
―Joven Andrés levántese, el dolor no es nada, ¡levántese!
―No, no puedo Gerardo no puedo.
―Si puede, párese. Mire joven, cuando la vaca venga usted tiene que quedarse quieto y mueve la muleta duro para que la vaca coja por ahí
―No más, no soy capaz Gerardo, esa vaca vuelve y me levanta
―Sí tiene que ser capaz, la corraleja es este sábado y si no torea toda la gente del pueblo le perderá el respeto.
Gerardo era la cabeza de una familia de diez. Su madre, sus dos hermanas mayores y sus seis hermanos pequeños, soñadores de él, que lo recibían en abrazos llenos de mocos y lágrimas y un amor que parecía no existir en ese lugar. A todos sus hermanos levantaba del polvo como a mí me levantaba del suelo.
―Vamos patrón, eso no es nada, hágale el quite a la vaca, haga que se va para un lado y luego se va para el otro.
El día de la corraleja, mucho antes de la toma guerrillera, estaba el pueblo en el corral de una finca cercana. Alguien gritó “¡Que salga Andrés Montero!”. La gente lo apoyó y alguien me pasó la muleta.Gerardo parecía nervioso de mi suerte pero me alentaba con sus gestos. Pensé que sería una vaca cebú como todas las que habían toreado antes, pero salió un toro negro, con un cuello más grande que mi cuerpo, pesado, poderoso y con unos pitones imponentes que como lanzas apuntaron a mi pecho. La gente hizo silencio, oí un pequeño rumor “cambien ese toro, es demasiado para ese pobre niño”, y entonces recordé.
―Joven Andrés, el toro persigue con más facilidad la muleta, lo malo es que produce más susto. No corra, si corre está perdido. Usted solo llámelo, le mueve la muleta y se queda quieto.
El toro resopló, escarbó al ver la multitud trepada en las varas del corral. Cuando vio la muleta me lanzó la mirada y sus orejas atentas a mis pasos, inclinó la cabeza y con su pata derecha escarbó de nuevo, lanzando un puñado de arena al aire. Pasé la muleta como si fuera un péndulo y con una voz de niño en la que jamás me había fijado le grité como había aprendido con Gerardo.
―¡Toro! ¡Ey! Toro venga.
Sentí el temblor en el suelo, la corraleja vibró con el galope furioso del animal.
"No corras, no corras, si corres estás perdido. La muleta a un lado, viene a ti Andrés, no corras, la muleta a un lado. Bajó la cabeza, cerró los ojos. Inclina el cuerpo y ábrele campo, sube la muleta, súbela, cuidado con su lomo, cuidado con sus patas.¿Qué se hizo? ¿Dónde está la muleta? Aquí la tienes, tranquilo ¿Ole? ¿Quién dijo “ole”? ¿Todos dijeron “ole”? ¡Ole! Sí, sí Andrés estás vivo y ellos dijeron “ole”. ¿Qué se hizo? Allá, allá está, allí viene, lo mismo Andrés, hazte a un lado, estira el brazo, sube la muleta, grita ole, ¡Ole!, sí ¡Ole! pasó, ya está lejos, ¿todos gritaron ole? No, no lo gritan, gritan otra cosa, ¿qué es? ¿Torero? Si, torero"
Y corearon “torero” toda la tarde hasta que ya el toro estuvo cansado, y aunque siempre hice el mismo pase, sin mucho estilo ni elegancia, pude lidiar el toro y vi a Gerardo aplaudiendo entre la gente, con una cara de orgullo que ahí viéndolo en el ataúd no podía ser el mismo. Lloré, le dije gracias, gracias mil veces gracias, y cerré el ataúd. Lo bajaron, sacaron los lazos. Su madre, sus hermanas, sus hermanitos, pequeños trocitos de su cara le lanzaron flores. Yo le lancé sus rejos, su sombrero, sus espuelas, y con palas empezamos a cubrir la tumba. Una gran corona de astromelias y bellahelenas le dejé.
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viernes, 2 de julio de 2010
jueves, 10 de diciembre de 2009
LA DEVOCION DEL DESTIERRO (fragmento: la pelea de gallos)

Una noche de gallos vinieron a buscar a mi padre desde una vereda lejana que nunca logramos conocer. Le ofrecieron un gallo culimbo, colorado, con seis peleas. El señor dijo que lo vendía porque no tenía para apostar y tampoco para llevarle comida a su familia, y que lo buscaba a él porque era el único que hacía favores en el pueblo. Le pidió una modesta cifra, pero mi padre le pagó el doble con la condición de que el gallo fuera bueno. El señor y su hijo se marcharon, se despidieron del gallo y prometieron volver para saber cuántas peleas más había ganado. Misael Pérez, el hijo del hombre más poderoso de la región me vio sujetando el gallo y jugando con su cabeza, trataba de limpiarle el pico, nuestra intención no era hacerlo pelear, sólo llevarlo a la casa y escucharlo cantar; a mi padre le gustaba apostar en las peleas de gallos, pero sólo en las peleas ajenas porque nunca le gustó poner en riesgo los gallos propios, el muchacho siguió mirándome con fastidio hasta que me retó de lado a lado con un grito que resonó en todo el recinto. ––Alejandro Montero, los gallos son pa’ ponerlos a pelear no pa’ volverlos maricas, lo reto a que lo pelee con el mío––. Ni modo, no hubo nada que hacer, tuve que decir que sí. El gallo de los Pérez nunca había perdido, era un gallo pinto, con doce peleas ganadas, todas de millones. Mi padre dobló la apuesta, leí el fruncido de cejas de Julio Pérez, no tenía la plata, pero estaba seguro de que ganaría, aceptó. La gallera se llenó, la gente se colgaba de las vigas, se montaban unos sobre otros, era la primera vez que la veían tan llena, todos apostando, todos a favor del gallo de los Pérez. Mi padre les aceptó la apuesta. Todo o nada. El rumor se esparció por el pueblo, mi amigo Benjamín llegó asustado y cuando me vio me tomó por los hombros, como si supiera ya todo lo que iba a pasar. ––¿Alejandro es cierto que usted retó a Misael Pérez para pelear su gallo? ––me preguntó, en sus ojos se veía una angustia extraña, a mi lado el pobre de Benjamín empezó a adquirir el don de la prudencia, tratando de salvarme de las cosas en que me iba metiendo. ––Quiubo, primero se saluda, y que va, pura mierda, él me retó a mí ––le respondí, evadiendo su mirada mientras calzábamos el gallo con unas espuelas de carey que mi padre afinaba como un viejo maestro. ––Alejandro ese gallo nunca ha perdido, retírese, recoja el gallo no pierda la plata, dizque su papá dobló la apuesta, Don Primo, no haga eso, ese gallo es muy bueno––. Mi padre hizo señas para que le dieran una cerveza. ––Sí, la doblé, jamás hemos apostado tanto, y eso que nos gusta apostar duro, esperemos, uno nunca sabe, que tal que gane ––respondió mi padre con una tranquilidad insólita. ––Si gana es peor, ni Julio Pérez ni su hijo saben perder, de pronto ese viejo le da un tiro a usted o a su hijo––. Ninguno de los dos dijo algo. Pensamos que era una broma. Benjamín me acompañó a ver la pelea. Se hizo al lado mío. El duelo iba a empezar, estábamos junto al ruedo, se respiraba el olor a sangre de las peleas previas, manchas de dolor y guerra por doquier, sudor, trago, gritos, ansiedad y después: silencio. Entré al ruedo con el culimbo, Misael Pérez entró con su gallo pinto, nos miramos a los ojos, Julio Pérez estaba sentado en el lado opuesto donde estaba mi padre, era un ruedo divido en azul y rojo, careamos los gallos, los bajamos a la altura de la arena, se desprendía un vapor sangriento del suelo. Los lanzamos, corrí junto a mi padre y Benjamín, Misael corrió junto al suyo. ––Nunca lo había visto tan nervioso Alejandro ––me susurró Benjamín, mientras los gallos se miraban de reojo en la mitad del ruedo. ––Eso es porque nunca habíamos peleado un gallo, mi padre los compra y los mantiene en la casa sin pelearlos, casi que los compra para que críen sus pollitos ––le respondí. Se les notaba a juntos que ya eran gallos expertos, recogían pequeños granos con el pico, ignoraban a su rival, caminaban lentamente dándose la espalda, pero de repente se lanzaron las espuelas, sonó un aleteo confuso y se vio una mancha blanca y roja moviéndose en la mitad, se probaron, intentaron matarse de entrada pero eran muy buenos, muy rápidos, volvieron a quedarse quietos, frente a frente, con las cabezas a la altura de la arena y las plumas de sus gargantas como agujas ardientes, leyéndose cada movimiento, amenazándose, buscando el momento preciso para arremeter, para apuñalear; con las pupilas dilatadas, girando alrededor de sus picos separados por milímetros, reconociendo el olor del otro, en una danza que sólo dejaría vivo a uno; la gente seguía muda, nosotros sudábamos de tensión, no era el dinero, no era sólo el miedo a perder, el gallo ahí en la batalla era una parte de nosotros, como un hermano, imaginarlo morir nos llenaba de terror; de nuevo se lanzaron contra el otro, volaron plumas blancas, el sonido de las espuelas era nítido, patadas filosas y certeras, aleteos cortopunzantes, picotazos que se aferraban a la cabeza del otro para asegurar la perforación de las sienes multicolor, cortadas que pasaban como truenos a la altura de las alas, intentos saturados de filo y carey dirigidos a la aorta, golpes agudos al corazón, a los pulmones, impulsos llenos de furia y casta por penetrar la carne hasta lo más profundo de las mollejas y un sonido de roce, de impactos agudos y jadeos dolorosos y enardecidos, hasta que una aguja negra y venenosa atravesó la cabeza de uno de los combatientes. Fue una batalla fugaz, el gallo de los Pérez lanzó algo así como un lamento de dolor y quedó tendido, revolviéndose, aleteando de agonía en la mitad, mientras el culimbo colorado vigiló su muerte, y cuando lo sintió inmóvil cantó, un canto olímpico y lleno de sangre y victoria, en medio de los gritos exaltados de los espectadores, que contrastaban con la inmovilidad en la que quedamos sumergidos mi padre y yo, e incluso Benjamín. Ganó el gallo nuestro, el gallo godo. Los Pérez nos miraron desde el otro lado del ruedo, yo caminé hasta mi gallo y lo recogí, le revisé el pecho, las alas y los muslos, tenía algunas cortadas pero nada era grave, le sangraba la cabeza, quise salir del ruedo para ir a lavarle las heridas pero vi a Julio Pérez sacar su revólver y apuntarme, el orificio del cañón era negro frío y al fondo brillaba ansiosa una bala de bronce, lo miré a los ojos, vi su dedo moverse con una lentitud vengativa hacia el gatillo, y cuando estuvo dispuesto a apretarlo detrás de mí sentí un estruendo que casi me arrebata el gallo de los brazos, la gente se dispersó en el acto, como si fueran de humo, vi que al mismo tiempo el pecho de Julio Pérez estalló y de él salió un fogonazo redondo y rojo que le rompió la camisa y lo mandó de espaldas contra las sillas, luego me sujetaron por la cintura y me sacaron de la gallera en segundos, mi padre sudaba, miraba hacia atrás pensando que la turba nos seguiría, pero nadie se atrevía a asomarse o a pararse del suelo, Benjamín llevaba un revólver, él dirigía la huida, corríamos tras de él como si fuera la solución o su revólver fuera el amparo. Nos miró. ––Bueno señores Montero, ahora tendrán que andar armados, la gente los va a culpar de la muerte de su caporal––.

Los niños no somos niños (La pelea de gallos) © Andrés Acevedo Celis
imagen 1 paisajes, pelea de gallos, © Mauricio Rizo
imagen 2 pelea de gallos © Enrique Brito
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