miércoles, 3 de febrero de 2016

UNA TARDE DE SOLEDAD EN GUADUAS

Y entonces uno recurre a los manuales para olvidar, digamos...
caminar por la calle de La Pola sin rumbo fijo,
hablarle a gente desconocida,
sonreírles a quienes van y vienen,
aunque la risa está de más,
fingida como los pasos.

Tomarse un tinto en el Café Real
viendo jugar billar a esos ancianos
que hablan con la precisión de sus tacadas;
escuchar el desaliento de los becerros
en los corrales de la plaza de ferias
y el relincho de los caballos desde las pesebreras oscuras.

 Y recorro lugares que antes tuvieron otro color,
sonaban diferente, olían diferente.
 Aquí vivieron. Aquí sonrieron. Aquí jugaron.
Ver morir la tarde en la piedra Capira
y recordar cómo caía el sol sobre tus ojos.
Sentarse en el atrio de la iglesia
a sentir la frescura de la noche y el viento
y verte pasar sin que seas tú
y oír tu risa en cada risa.

 Toma nota de mi tristeza, ahora.
 Miedo a las alturas, a la oscuridad y a la soledad.



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