viernes, 19 de diciembre de 2014

Libro de cuentos.

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martes, 7 de enero de 2014

SUELO DE CANGREJOS

En el nuestro no había luz eléctrica como en otros caseríos. Cuando caía la noche los hombres caminábamos con cuidado, en una mano la lámpara de petróleo y en la otra  un palo para espantar los cangrejos; ora un paso en tierra firme, ora un paso en un cangrejo. Era una alfombra de tenazas que se formaba en los días de lluvia. Nadie sabía de dónde aparecían los cangrejos. Después, cuando llegaba el verano, teníamos que sacarle el agua al rocío y de los cangrejos solo nos quedaban las pieles, como hojas secas.

Al amanecer escuchábamos el paso de las mulas con cargas de panela. Nunca supimos de dónde venían ni a dónde iban. En invierno las mulas se abrían paso en los barrizales y el lodo les llegaba hasta el cuello. En verano las mulas pasaban siempre empapadas de sudor tomando el aire con bocanadas profundas que les dilataban al extremo los ollares y las venas de las paletas. En invierno escuchábamos el croar de un universo de ranas debajo de las casas; en verano el paso de las horas era un coro de chicharras estallando de calor en la cepa de los árboles. Todo era tranquilo.

Un día pasaron ellos. Iban tan sedientos que nos robaron el agua: inclinaron las hojas de las matas de plátano y el chorro les cayó en la cara. Sentimos sed de solo ver el agua perdiéndose en sus bocas negras, negras, sus bocas negras. El suelo se manchó de rojo con el agua-sangre que bajó de sus cuerpos. Iban intranquilos y afanados. Los cascarones de cangrejo quedaron hechos polvo fino con el peso de sus botas. Las huellas que dejaron iban destiñéndose hasta que ya nadie supo a dónde se fueron ni por dónde cogieron. Nunca supimos de dónde venían. Ellos iban huyendo. Supimos que no debíamos hablar de ellos y por nada del mundo debíamos escribir acerca de sus rostros, de esa forma no existirían y su paso por nuestro pueblo sería solamente un recuerdo vago y oscuro.

Pero al otro día llegaron los otros. Empezaron por los niños, siguieron con las mujeres y al final nos mataron a nosotros, porque teníamos que estar vivos para ver cómo iban muriendo los nuestros. Hasta el último momento les juramos que no supimos a dónde habían ido. De verdad que no lo supimos. Hasta el último momento les juramos que nunca habíamos hablado de ellos y que nunca habíamos escrito nada que los mencionara. Pero ellos no nos creyeron, nos culparon porque aquellos hombres seguían vivos y existían y tenían el destino luminoso. 

Antes de morir vi pedacitos de tenazas de cangrejo, armazones secos que se salvaron del tropel de botas guerreras, y vi cómo la sangre de nuestros cuerpos encontraba refugio en los cascarones secos del verano. 

Del libro: Los días Oscuros. 
Jorge Andrés Acevedo.
FOTO: Masacre en Colombia. Fernado Botero.