sábado, 23 de enero de 2010

DIAMANTES EN EL CAMPO (fragmento de La Devoción del Destierro)



6.
––Uno podía encontrar diamantes en el campo. Eran de colores, la mayoría verdes; a eso de las siete nos íbamos a dormir, la montaña toda resplandecía, por allí verde, por allí azul celeste, la niebla también se iluminaba, no había ni siquiera necesidad de encender las lámparas de petróleo, con los destellos verde y azul y blanco de los diamantes nos bastaba para caminar, correr las cobijas y acostarnos. Nos podíamos ver los ojos a la media noche cuando no lográbamos dormir debido a esas historias que nos contaba mi padre después de la cena. La cena era una colada de maíz y una arepa, el maíz lo sembrábamos nosotros y hacíamos la harina moliendo los granos de mazorca en un molino viejo al que teníamos que darle vuelta entre todos porque era duro y grande y nosotros apenas unos niños, porque en ese tiempo los niños teníamos que hacerlo todo, sembrábamos, recogíamos la cosecha, nos levantábamos temprano a ordeñar, y al amanecer los diamantes estaban ahí entre el ganado, buscando el calor de las vacas, había que caminar muy en silencio para que no rodaran montaña arriba, se envolvían en el barro y parecían bolitas de estiércol que uno pisaba si no se daba cuenta, los encontrábamos entre las cañas de azúcar cuando íbamos a cortarlas o cuando íbamos de cacería de venados.
Éramos unos niños y en ese entonces a los niños nos pasaba todo, nos buscaba El Mohán, nos salía la Patasola o la Madreselva si salíamos a caminar muy tarde, La Mechuda nos robaba, el diablo nos ponía tentaciones o nos asustaba. En una cacería iba yo con mi hermano Pablo Eliseo, él era dos años mayor que yo y ya murió, yo tenía seis años y ya sabía disparar, tuvimos que aprender por aquél rumor de la guerra que escuchamos en la radio, caminábamos en una selva, mi padre nos había mandado a buscar venados y después de horas de caminar entre árboles y piedras encontramos uno, espantándose las moscas con las orejas, batiendo la cola, parado debajo de un manzano, cerrando los ojos mientras rumiaba. Yo tomé la escopeta y le apunté, de entre mis hermanos fui siempre el de mejor puntería, preparé el gatillo, le apunté a la barriga, después llegaría y lo remataría con un tiro en la cabeza para que no sufriera; disparé, lo hice tan bien que casi salgo a correr hacia el venado, me quité la escopeta del brazo y fui bajando el cañón, quedé asombrado, el venado seguía ahí moviendo las orejas y la cola, con una nube de mosquitos sobre su cabeza; subí el cañón otra vez, puse la culata en mi hombro, cerré el ojo izquierdo y le apunté, resuelto, apreté el gatillo y pude sentir cómo salió la bala, caliente y girando, dejando una estela de humo en el cañón, pero el venado seguía ahí, espantándose los mosquitos. <> me dijo Pablo Eliseo, le creí, tal vez el venado estaba sordo y no escuchaba el estruendo del disparo, Pablo me pasó otro cartucho, partí la escopeta, lo metí y cerré de nuevo, moví el percutor hacia atrás y de nuevo le apunté. <> me dijo mi hermano con la frente sudorosa y un bozo prematuro que parecía hecho con pedacitos de carbón, los dos sabíamos que no era necesario estar muy cerca porque mi puntería era muy buena, pero aún así yo le hice caso y avanzamos unos metros, quedamos casi junto al venado, ahí apunté, directo a la barriga porque fallar tres disparos ya era una vergüenza, disparé, cuando desapareció el chorrito de humo el venado seguía ahí, y como si lo hubiéramos gritado o nos hubiéramos puesto de acuerdo, salimos a correr con mi hermano, espantados, corrimos como nunca lo habíamos hecho, huyendo del diablo que se nos había puesto ahí de frente y que tenía que ser el diablo porque no podía ser otra cosa, nadie fallaba tres disparos y menos estando tan cerca, esa, Alejandro, es la única vez que fallé un disparo, porque cuando llegó la chusma nos tocó salir a la puerta de la finca a defendernos, junto a los vecinos, ya cuando éramos cazadores expertos y nuestros disparos no fallaban ni una perdiz, ni siquiera una rata y menos un guerrillero, las cuadrillas bajaban de la montaña y teníamos que hacerles frente mientras mi papá seguía haciendo hijos, los guerrilleros eran muchos, pero nosotros éramos jóvenes y nos habían hablado de ellos desde niños, que la chusma iba finca por finca violando las mujeres y llevándose los hombres para unirlos a su causa, que degollaban a quienes se negaran y mataban a los viejos porque ya no servían, que se bebían la sangre de los bebés, sobre todo ése al que apodaban Sangrenegra, que recogía la sangre en las tutumas de beber guarapo y se emborrachaba bebiéndola y le bajaba por el mentón y se la limpiaba con la manga de la camisa y al sonreír los coágulos se deslizaban negros por los dientes, al otro líder lo conocían porque donde ponía el ojo ponía la bala y tumbaba los aviones y se enfrentaba él solo a las tropas que se le ponían al frente y que iban cayendo víctimas de sus disparos; nosotros ya bordeábamos los quince años, éramos bravos, amansábamos nuestros caballos y nos tallábamos nuestros propios cuchillos de palo, que tuvimos que enterrarles en las tripas a muchos guerrilleros, todo para que la tierra siguiera siendo nuestra, como lo fue siempre, fincas de campesinos que hacíamos panela y ordeñábamos vacas para ir a vender al pueblo y con la plata comprábamos arroz, sal y alcohol para las heridas en las manos; éramos niños descalzos que andábamos horas y horas por caminos de herradura para llegar al pueblo, porque sólo los ricos usaban alpargates, el alcalde y el gobernador andaban en cotizas; hacíamos el mercado en el pueblito y subíamos todo en esas sillas de dos cabezas que le poníamos a las mulas, el que sabía sumar y restar ya tenía mando, sólo a algunos nos mandaron a la escuela con una pizarra donde escribíamos algunas cosas y que tratábamos con cuidado porque era muy delicada, sobre ésta nos enseñaban a rezar, a sumar, el abecedario y a escribir el nombre, de ahí pa’lla ya eran conocimientos de gobernante, mi papá me ofreció viajar a Neiva a hacer el bachillerato, con eso uno podía ser el putas, hasta presidente, pero yo no quería otra cosa que amansar mis potros y andar de mujeriego con las señoras del pueblo y enfrentar a la chusma cada vez que se metieran en la vereda; ya cuando tuve mi caballo bueno andaba por las fincas enamorando las muchachas, y aunque había que acostarse temprano yo me iba a jugar cartas con los amigos y borracho volvía a la casa, reconociendo el camino con la luz cada vez más opaca de los diamantes, poco a poco la guerrilla nos fue ganando terreno y encontrábamos uno o dos muertos por día, hasta que tuvimos que huir y allá se quedaron los bandoleros con nuestros potros pequeños, con la cosecha de maíz, la faldita de caña dulce, los sembradíos de café y con lo más valioso que nunca logramos tener en las manos pero que eran nuestros, esos diamantes azules y verdes que nunca nos dejaron a oscuras.